Página 1 de 2
Ojalá se oyera esto más a menudo en nuestras iglesias:
«La gente quiere saber cómo le hemos podido perdonar. Pero como cristianos, es lo que Dios espera de nosotros. Es más, siempre me ha costado seguir enfadada. Es mucho más fácil perdonar que continuar enfadada. No me gustaría nada tener un terrible resentimiento en mi corazón. Además, creo que todo ha sucedido por algo. Mucha gente me ha dicho que mi actitud positiva les ha servido de inspiración. Creo que es mi propósito. Dios me ha ayudado de tantas maneras» (Today’s Christian Woman, sept/oct 1998).
Pero — Ah — dirás—, eso es fácil decirlo cuando se trata de una nimiedad; tú no entiendes el daño que me han hecho. Me han insultado...me han dejado destrozada...han arruinado mi imagen en la iglesia. ¿Cómo puedo perdonar?
Las palabras que hemos leído son textuales. Las escribió hace unos años una estadounidense de 16 años, Missy Jenkins, paralizada desde la cintura para abajo. Estaba una mañana de diciembre en su instituto, en una reunión de oración con otros jóvenes creyentes, cuando entró un compañero con un arma de fuego y empezó a disparar, matando a tres chicas e hiriendo a otras cinco personas, entre las cuales estaba Missy.
Ojalá se nos quedaran grabadas las palabras de Missy: Dios espera que perdonemos, sea cual sea la ofensa. Sin embargo, nuestra reacción más habitual es aferrarnos al resentimiento como si fuera un perrito para acariciar, alimentar y sacar de paseo. El dolor es aún mayor cuando se trata del agravio de alguien en quien confiábamos plenamente. La actitud de Missy parece imposible, y fluyen de nuestras bocas las «aguas amargas» que menciona Santiago:
«Hace ocho meses que no hablo con ella. No pienso volver a hablar con ella en la vida a menos que me pida perdón».
«¿Encarna? ¿Te cae bien? Yo sólo he tenido un percance con ella; una vez me llamó inútil delante de todo el mundo. Claro, yo le perdono... Pero sí — sí , eso mismo hizo, delante de unas 10 personas».
¿Cuál es el problema principal?
El mayor problema que tenemos es que nos enfocamos en la ofensa en sí en vez de nuestra propia reacción. Las circunstancias están fuera de nuestro control al igual que el comportamiento de los demás. En última instancia, sólo nos podemos fiar completamente de Dios, no de las personas, advertencia que el Señor nos hace repetidamente: «Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová» (Jer. 17: 5).
Cada ofensa es una oportunidad única, y nuestra vida cambiará si aprendemos a verlas así. Cada ofensa es una oportunidad para 1) mostrar a otros la misma gracia que Dios ha derramado en nosotras; 2) aprender principios valiosos; y 3) posiblemente fortalecer la amistad.
Esta situación la viví yo, unos veranos atrás, pero a la inversa. Tengo una amiga que se llama Raquel; es una persona preciosa que busca seguir a Dios de todo corazón. Por varias circunstancias, le hice daño con mis prejuicios y falta de aceptación de la voluntad de Dios. Sin embargo, ella me perdonó, repetidas veces, y me ha enseñado lo que es la amistad.
Es por esto, el ver que el perdón funciona, y por ejemplos bíblicos, que podemos decir que cada ofensa es una oportunidad para bien, una oportunidad para:
Mostrar a otros la misma gracia que Dios ha derramado en nosotras
Frecuentemente interpretamos que responder con gracia significa ignorar la herida: «Me comportaré como si nunca hubiese ocurrido». Aunque a veces haya situaciones que se puedan pasar por alto, lo que ocurre más bien es que estas ofensas se acumulan en un depósito interior, para estallar posteriormente. Podemos tomar nota de cómo nos ha tratado Dios. Ha revelado nuestro pecado para luego mostrar su gracia.
¿Qué significa mostrar gracia hacia otros?
Primero, significa la confrontación bíblica. Raquel mostró esta gracia conmigo. Fue ella quien se acercó a mí para hablar, reconociendo que había una situación de tensión.
Segundo, significa paciencia. Raquel no se rindió tras el primer intento: me escuchó y me dio tiempo. Oró y dejó que Dios obrase en mí.
Tercero, significa confianza en Dios. Raquel no se autojustificó. Permitió que Dios fuese el Vindicador. Dejó a un lado sus propios derechos.
© Elizabeth Clark Wickham
[1][2] »Adelante»
|