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Se ha acabado tu contrato temporal. Te han despedido. Has estado estudiando, y ahora te toca salir al mundo real. Te vas a mudar o te estás hartando de tu empleo presente y buscas otro.
Si el paro dura poco, todo son sonrisas, gracias al Señor, e ilusión por el cambio. Pero ¿qué pasa con tu relación con Dios cuando el paro dura un mes ... y otro ... y otro ... medio año o más?
En algunas ciudades del tercer mundo, según los autores Robert Banks y R. Paul Stevens, la gente puede pasar hasta siete años buscando su primer trabajo. En España el problema no es tan grave, pero en los últimos reportajes de Eurostat nuestra tasa de paro (10,3%) sigue encabezando la de los países de la zona euro monetaria y está en el tercer puesto en la UE-25. CincoDías.com informa que en las mujeres españolas la tasa sigue siendo netamente superior a la de la UEM y la UE-25. Destaca la contratación temporal en España, la más alta de Europa, siendo la tasa de temporalidad femenina más elevada que la masculina.
Y tú, envuelta en un desempleo prolongado, te has convertido en una estadística. Ya has perdido la cuenta de las llamadas y se te han agotado las ideas. Al principio compartías tu petición de trabajo en la reunión de oración, pero ahora te hundes en el asiento cuando alguien insiste, «¿Qué tal vas con el tema?» Mientras tanto, tus ahorros menguan. No entiendes por qué Dios no está contestando tus oraciones, y para colmo, contesta todas las de los demás.
Con las expectativas por los suelos, las ganas de rendirse, tantas oraciones «casi» contestadas – corres el peligro de caer en la autocompasión, la pereza, la envidia, y, como colofón, quedarte parada en tu relación con Dios. Te vuelves cínica o te deprimes, y puedes llegar a pensar, «¿Puedo seguir confiando en Dios?» Sin embargo, éste no es el momento para rendirse ante los sentimientos sino para considerar tu relación con Dios: ¿Cómo quiero terminar este periodo de desempleo? ¿Con el trabajo de mis sueños pero amargada, sin fe? ¿O con un nuevo entendimiento de la madurez cristiana y un nuevo brillo en mi relación con Dios?
Si lo que quieres es lo segundo, en primer lugar, no permitas que el afán de buscar trabajo desplace al Señor. Dale el primer lugar.
Da el primer lugar a Dios
Por circunstancias excepcionales, he luchado con el desempleo durante más de medio año. Durante un tiempo, me vi tan envuelta en la búsqueda de trabajo que apenas pasaba tiempo con Dios. Por mis circunstancias, me sentía presionada a usar cada minuto de la mañana para realizar la búsqueda. Con todas mis buenas intenciones, dejaba mi tiempo devocional para la noche, pero por el cansancio nunca cumplía. Acabé seca y vacía.
Al final alguien me retó: «¿Por qué no le pides al Señor que te muestre qué parte de tu día debes darle? ¿Por qué no le pides que te dé la disposición de darle una de esas horas valiosas?»
Me costó, pero le pedí que me diera el deseo de pasar tiempo con él y me lo dio. Vi que él quería esa primera hora de la mañana, aunque no fuera siempre fácil. Como consecuencia de quedar con él, mi perspectiva en cuanto al trabajo – y la vida en general – ha cambiado. Tú, como yo, puedes clamar que Dios te dé ese deseo de conocerle en lo íntimo, sin que te importe nada más.
Alimenta una confianza absoluta en el Señor, pase lo que pase
Ese encuentro con Dios te servirá de fundamento a lo largo del día. Recuerda: le estás buscando para conocerle, para amarle, no para que te dé empleo o mejore tu vida. Pase lo que pase, deja que el deseo de andar íntimamente con él supere todo lo demás. Pídele al Señor que después de este periodo de desempleo no vuelvas a ser la misma.
Para llegar a confiar más en Dios, deténte para meditar en su persona. ¿Cómo es? ¿Qué dice su Palabra? ¿Qué está haciendo en tu vida? Pasa tiempo recordando cómo es y dándole las gracias. Puedes poner un CD de alabanza para concentrarte y entrar en ese tiempo de adoración. Olvídate de tus problemas y enfócate en él.
En tus «fracasos», la tentación es prestar atención a cómo te sientes: A Dios no le importo, no me bendice, no valgo, no siento su presencia, todo me sale mal... Sin embargo, tanto en los días malos como en los buenos, el Señor sigue siendo el mismo, y debes aferrarte a la verdad para seguir confiando en él: Dios es justo (aunque las circunstancias no lo sean); Dios me ama; Dios es Jehová-Jireh, el que provee; Dios también trabaja; Dios sabe lo que necesito a todos los niveles y cómo puedo servirle en este mundo...
Camina con el Señor a lo largo del día
Al saborear la realidad de que el Espíritu Santo está contigo en todo, ya no sólo recurres a él con súplicas como, «Ayúdame, Señor», sino que empiezas a escucharle y a involucrarle en tus decisiones. Tu vida entera se revitaliza. El que es fuente de toda sabiduría, el que hizo el mundo con su magnifica creatividad, el Dios al que le importa todo el proceso y no sólo el resultado final, te dará:
© Elizabeth Clark Wickham
[1][2] »Adelante»
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